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JEFFREY ARCHER. "WARHOLS", TRAICIONES Y "BEST SELLERS"

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Lord Archer rezuma toda la retranca británica por los poros de su rostro aguileño y sonrosado. Mirada de halcón color azul acero, paradigma del self-made man, histriónico, colérico de cero a cien en décimas de segundo, ordena sin pudor ante los extraños que Alison, su asistente personal, compruebe el marcador de un partido de críquet que una enorme pantalla de plasma retransmite en una sala contigua. Sabe aderezar con un toque de extravagancia old fashioned su papel de lord: en cuanto su asistente personal desaparece camino de conocer el resultado de la contienda de críquet que libra la selección británica, susurra que es “la peor secretaria del mundo”, para acto seguido proclamar en voz alta que “es adorable y no sabría hacer nada sin ella”.

El matrimonio Archer pasa la primera mitad de cada año en esta espaciosa y diáfana vivienda de líneas vanguardistas y aire de fortaleza levantada hace seis años sobre una finca de 20.000 metros cuadrados hoy poblada con esculturas, cuidados jardines, palmeras, cipreses y olivos mecidos por la brisa en una atalaya de Sa Torre, a un cuarto de hora largo en coche desde el aeropuerto de Palma de Mallorca. “Aquí tenemos algunas obras de arte, pero la mayor parte de nuestra colección está en la casa de Londres”, se apresura a aclarar lord Archer antes de mostrar un antiguo retablo que acabará donado al Saint Anne’s College de Oxford, donde estudió su esposa; un lienzo atribuido al taller de Matisse, otro del destacado pintor australiano Arthur Boyd que en algún momento despertó el interés del Gobierno de Australia, la nutrida colección de fotografías y el baño para invitados, sobre cuyas paredes cuelgan dos copias originales de la famosa niña afgana de Steve McCurry a la que el fotógrafo volvió a retratar 20 años más tarde. Una buena parte de los jugosos beneficios que le han reportado sus novelas se ha destinado a este tipo de adquisiciones y a la inversión en espectáculos teatrales del West End londinense como Grease, con el que ganó “una fortuna”.

El resto de su vasta colección luce en la vivienda londinense donde el matrimonio pasa la segunda mitad del año: un espectacu­lar penthouse con vistas al Támesis y al MI5, la sede del espionaje británico al servicio de Su Majestad, que el señor Archer compró a su amigo íntimo Bernie Ecclestone, el inefable y todopoderoso jefe de la Fórmula 1. “Ya no me veo con Bernie tanto por Londres, pero almorzamos cuando podemos. Es un tipo genial, tan self-made como yo. ¡Me pregunto cómo puede tener ahora una deuda fiscal de mil millones de libras [1.360 millones de euros] y dormir tranquilo! Supongo que si llegas a lo más alto, has de aceptar convivir con ciertas situaciones”.

Cuando está en Mallorca, lord Archer cumple escrupulosamente una rutina pautada. Se levanta de madrugada y a las seis en punto ya está sentado en su escritorio, una estancia independiente de la vivienda principal presidida por una gran cristalera con vistas al mar. Estos días termina de redactar a mano, sobre libretas rayadas tamaño folio, su nueva novela, en intervalos de seis a ocho y de diez a doce de la mañana, y de dos a cuatro y de seis a ocho de la tarde. Tras almorzar paella on british time, toma asiento en los mullidos sofás del porche abierto al Mediterráneo para hablar de una vida, la suya, que constituye su obra más lograda.

Héroe y villano, genio y figura, viste camisa de rayas amarillas, celestes y blancas, pantalones color caqui y zapatos de ante a juego. Lleva un reloj Georg Jensen en la muñeca izquierda y luce un anillo de oro en el meñique con un sello que rememora su 40º aniversario de bodas. Siempre dispuesto a epatar, admite poseer una fortuna de 100 millones de libras esterlinas (más de 130 millones de euros) con tal de manifestar su fervor por la filantropía y su deseo de “morir sin un penique”. La razón: “El recaudador de impuestos se lo lleva todo. Además, a mis dos hijos varones ya les he dado lo suyo en vida. He sufrido recientemente un cáncer de próstata y estoy bien. Pero veo cinco años por delante y siento miedo de pensar más allá. ¡Eso sí, escribiré hasta que muera! ¡Entérese! No necesito más dinero. No necesito nada, de hecho. Me encanta ser leído por millones de personas. Por eso sigo haciéndolo cada día”.

Lord Archer ha vendido 270 millones de ejemplares de sus obras, traducidas a 37 idiomas en un centenar de países. Ahora se publica en España Sólo el tiempo lo dirá (Planeta), la primera entrega de la serie de las Crónicas de Clifton, cuyo sexto volumen en inglés culmina estos días y lleva vendidos cinco millones de libros en todo el mundo. La entrega inaugural de esta saga 100% best seller narra las primeras andanzas de Harry, el protagonista del relato, tan buscavidas y hecho a sí mismo como su creador. “Mi padre murió cuando yo tenía 11 años, no recuerdo mucho de él”. Desde entonces, Lola Hayne tiró de su hijo único hacia delante combinando varios trabajos para pagar sus estudios. “No teníamos absolutamente nada. Supongo que fue una ventaja para levantarme cada día con el ansia de trabajar duro”.

Natural de Weston-super-Mare, el pequeño Archer se matriculó en la escuela primaria de Wellington del mismo condado de Somerset. Siempre anheló estudiar en Cambridge o en Oxford. “Digamos que yo era un hombre joven y ambicioso”. Logró ingresar en el Brasenose College de la Universidad de Oxford, donde conoció a la que más tarde se convertiría en su esposa. Allí cursó Ciencias de la Educación, pero en lo que realmente destacó fue como atleta en pruebas de velocidad. Nunca llegó a licenciarse. La política se cruzó en su camino. Se había alistado en el Oxford Union, legendario club de debates y cantera de insignes mandatarios británicos. “Anhelaba ser rico, por supuesto. Pero por entonces mi deseo era ejercer la política. Los conservadores habían llegado al poder. Yo no sabía nada, era un idiota. También empecé a trabajar con la compañía publicitaria Arrow Enterprises. Tenía que ganarme la vida”.

Protagonista de un ascenso rutilante, en 1969 nuestro hombre se convirtió en el diputado más joven de la Cámara de los Comunes. Tenía 29 años y resultó elegido representante del partido de los tories por Louth (Lin­colnshire). Había alcanzado notoriedad por sus campañas benéficas para conseguir fondos con Arrow Enterprises. “Y empecé a invertir como un loco a través de ellos hasta que metí la pata”. El hundimiento de una empresa canadiense asociada a la firma llevó a Arrow a la bancarrota, frustrando el primer asalto al poder del señor Archer y obligándole a renunciar a su escaño en 1974. Arruinado, con más de medio millón de libras de deuda, abandonó la política activa y se mudó con su familia a Cam­bridge. “Mary accedió a un puesto de investigación en el Trinity College y se puso a trabajar. Yo decidí sentarme a escribir un best seller para pagar a mis acreedores. El plan, por mi parte, era una estupidez. No sé de dónde saqué la idea de que podría arreglar mis problemas de aquella forma”. Pero lo hizo.

Tardó un año en redactar su primera novela: Ni un centavo más, ni un centavo menos. La rechazaron 17 editoriales antes de que Jonathan Cape pagase 3.000 libras por sus derechos de publicación. Kane & Abel, su tercer título, fue el punto de inflexión. Le reportó unas ventas de más de tres millones de ejemplares que hoy superan los 37 millones (por encima de Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, o Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez). De la noche al día, se convirtió en millonario. A mediados de los ochenta llamó la atención de la Dama de Hierro por su capacidad de contraatacar y de renacer de sus cenizas. La primera ministra Margaret Thatcher le reclutó para ocupar la vicepresidencia del Partido Conservador británico. “Por supuesto, acepté. Si hay algo a lo que no puedo resistirme es a la política”. Con él como vicepresidente del partido, tardó poco en llegar el escándalo.

A media mañana del 26 de octubre de 1986, el señor Archer anunció su dimisión como vicepresidente del Partido Conservador. El Daily Star había publicado días antes que pagó a la prostituta Monica Coghlan por sus servicios durante una noche del mes anterior. El dimisionario interpuso una denuncia contra el rotativo por difamación. Ganó el caso y una indemnización de medio millón de libras. Con la reputación recobrada en primera instancia, regresó al Parlamento en 1992 para ejercer como asesor del entonces primer ministro, John Major. Recibió el título vitalicio de lord y acompañó a Major en su refrendo electoral de aquel año. “Con él compartía la afición desmedida por el críquet y el hecho de que ambos venimos de la nada. En mi caso, mi afinidad por el Partido Conservador había nacido del hecho de que yo no puedo ser un socialista. Creo en la libertad de empresa, en pelear por ti mismo. No creo en la igualdad. Sí creo en la igualdad de oportunidades. Hay una gran diferencia”.

Dos años después de su regreso a la política activa, un nuevo escándalo volvió a salpicarle al trascender que se había embolsado 77.000 libras por la compraventa de un paquete de acciones de Anglia Television, cuya adquisición había llevado a cabo antes de que una fusión disparase el precio de la compañía. Una investigación oficial no encontró pruebas que pudieran encausarle. La prensa británica afirmó tajante: “Houdini escapó de nuevo”. Todo se complicaría seriamente cuando lord Archer presentó su candidatura como alcalde de Londres en el verano de 1999.

En plena campaña, el productor Ted Francis reveló al diario sensacionalista News of the World que la coartada de Archer en el caso por libelo que ganó al Daily Star era falsa y que él mismo había mentido en el juicio a cambio de dinero. El aspirante a regidor londinense dimitió al estallar la noticia, que a su vez propició la reapertura del caso. En julio de 2001, siendo un afamado y millonario escritor, fue condenado a cuatro años por perjurio y obstrucción a la justicia por el mismo proceso que arrancó con la denuncia por difamación que años atrás había iniciado contra el Daily Star. Cumplió solo la mitad de la pena en la prisión de baja seguridad de North Sea Camp, al norte de Reino Unido. Monica Coghlan, la prostituta implicada en el caso, murió dos semanas antes de poder declarar en sede judicial al sufrir un accidente de tráfico contra el vehículo robado que conducía un drogadicto.