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“En la novela negra, y en la vida, hay que morder el polvo para saber lo que importa”

Entrevista a: 
González Harbour, Berna
Fecha: 
01/06/2017

La vida puede maltratarnos con inesperada crueldad y entonces solo algunos privilegiados pueden recurrir a la literatura para tratar de salir adelante. “Esta novela ha sido un milagro, una evasión absoluta de una situación personal muy difícil. Podía meterme en el ordenador y tener una vida, la de María, y cerraba el ordenador y prácticamente me echaba a llorar. No sé si decir esto es necesario pero ya te lo he confesado”. Quien así habla es Berna González Harbour (Santander,1965), que acaba de publicar Las lágrimas de Claire Jones (Destino), una “tabla de salvación” en su particular travesía por el desierto.

María, es María Ruiz, la comisaria Ruiz, la protagonista de una serie que ya va por su tercera entrega, una policía intolerante con quienes traicionan a la verdad, una mujer que lucha por mantenerse a flote. Desterrada en Soria, con su entorno desmoronándose y su carrera al borde del colapso, un cadáver en un viejo Rover la pone sobre la pista de un oscuro caso de muerte y corrupción con unas mujeres cuáqueras de invitadas estrella.

“Ruiz puede entender el crimen, lo que no puede es perdonar a los trepas, a los listillos, a los que no sostienen la verdad. Cada vez defiendo más la autenticidad, en la literatura y en la vida, y la comisaria Ruiz también. Y donde no la hay, ahí va a estar ella de morros”, expone la autora, que reconoce que en este caso hay más sufrimiento, que María es más ella misma. Cuando habla de su personaje, González Harbour pasa del yo al nosotras continuamente, la mirada se le ilumina y las grietas, las de la cara, las del alma, desaparecen por un rato. “Los personajes de novela negra tienen que sufrir. No me gustan los personajes que tienen una vida ideal porque eso no existe. En la novela negra y en la vida, hay que morder el polvo para saber lo que importa”.

El camino no ha sido fácil. “Verano en rojo y Margen de error las escribí en tres meses; esta, en dos años. He escrito cuando he podido, a trompicones, no escribía con seguridad, no sé muy bien cómo lo he hecho”, relata enérgica, en ascenso, para rematar: “Después de la segunda tuve dudas, no sabía si seguir, pero nunca como ahora me he sentido tan segura de la siguiente”. Se podría decir que la catarsis ha funcionado.

Las lágrimas de Claire Jones tuvo una extraña génesis. Un viaje a Coilloure (Francia), un libro regalado por un amigo y la fascinación por el cementerio protestante de Santander –“ese símbolo de la desafección absoluta de quienes viven en un país pero cuando mueren quedan separados”– pusieron a la creadora de Ruiz en la pista del mundo cuáquero. Luego, la historia de la protagonista, a la que solo vemos a través de otros, una perdedora maltratada, hermosa, joven y cruelmente sola, a quien Harbour también ha prestado cosas. “Es hija de inglesa, como yo. Cuando creces ves que hay una parte que no cuadra y eso te hace más vulnerable”, explica. Y, por último, la estructura, las idas y venidas temporales bien hilvanadas, el oficio ya adquirido. “No sé si cada novela es mejor, pero sí sé que cada una es un avance”, asegura, reflexiva, esta periodista que a los 20 años se fue de vacaciones a Londres para escribir en el British Museum porque había leído que Vargas Llosa lo hacía. “Fracasé” cuenta divertida. Luego, nada hasta los 45 cuando, mientras leía a Camilleri, se dijo: “Puede que el mundo no necesite mis libros, pero yo sí”.

María no rehúye ningún tema y Berna menos. “Solo hablaré en una mesa redonda de literatura de mujeres cuando se haga también una de literatura de hombres. A ver si hay huevos”, suelta sobre el machismo en el género negro. “¿Mi vida literaria? Sólo sé que no quiero fuegos artificiales. Sé que es una carrera de fondo pero no quiero ponerme en la senda de nadie” cuenta cuando se le pregunta por sus predecesoras en el género. Queda una cuestión: el periodismo, tan presente en la vida de la autora y en las novelas de Ruiz a través de Luna, un reportero veterano y descreído que lanza pestes sobre la estado de la profesión. “Si queremos ser honestos, en la novela negra hay que destripar todo. Yo lo he hecho con la policía, con las empresas, con los que protegen la pederastia y el periodismo no iba a ser menos. Luna es un extremo perfecto para contar una fisura generacional irresistible”, explica para rematar, antes de salir para su despacho, camino del próximo artículo, del siguiente libro.

Juan Carlos Galindo