LOS CINCO DE CAMBRIDGE. El círculo de espías más influyente

Se conoce como Los cinco de Cambridge o Círculo de Cambridge al grupo británico de espías reclutados por la Unión Soviética en el Trinity College de la Universidad de Cambridge que trabajó durante la Guerra Fría del siglo XX: Anthony Blunt, Kim Philby, Donald Maclean, Guy Burgess y John Cairncross. Se infiltraron en la sociedad británica como «topos», en la jerga de los servicios secretos.

Bajo este nombre se esconde un grupo de espías que, por su posición dentro de la sociedad y las instituciones británicas, fue durante décadas uno de los valores más importantes del servicio secreto soviético en territorio enemigo. Reclutados durante la década de los 30 del siglo pasado en el Trinity College de la Universidad de Cambridge, su carrera profesional les permitió tener acceso a información valiosísima, que acabó de un modo u otro en manos soviéticas. Sus actividades se extendieron durante varias décadas, en esta serie repasaremos su actividad.

Miembros del soviético NKVD, precursor de KGB, se ocupaban de reclutar en países occidentales a personas de ideas marxistas. Lógicamente, jóvenes de buenas universidades y bien relacionados alcanzarían en su vida puestos de mayor relevancia y por lo tanto la información que fueran capaces de filtrar sería de mayor valor. En el caso que nos ocupa este patrón funcionó a la perfección y seguramente mucho mejor de lo esperado. El quinteto estaba formado por Anthony Blunt, Guy Burguess, Donald McLean, Harold Phillby, más conocido como “Kim” Philby y John Cairncross.

Blunt, un joven aristócrata experto en arte, llegó a ser conservador de la colección de pintura real y asesor de la reina de Inglaterra. Formó parte del MI5, parte del servicio secreto británico, y gracias a ello tuvo acceso a información confidencial, como la relativa al desciframiento de códigos alemanes en la Segunda Guerra Mundial, que no dudó en compartir con Moscú. Finalmente fue descubierto y a cambio de contar lo que sabía le fue permitido seguir viviendo bajo inmunidad. Burguess, hombre carismático, trabajó en la BBC y antes de la Segunda Guerra Mundial fue colaborador de Neville Chamberlain, Primer Ministro, por lo que tuvo acceso a información crucial en torno a los movimientos y posicionamientos previos al conflicto. Más tarde acabaría formando parte de los servicios secretos británicos, en concreto el MI6, lo que muestra de nuevo el acierto en su captación. Terminó sus días en Rusia, refugiado.

McLean ingresó en el Ministerio de Asuntos Exteriores y desde sus destinos diplomáticos en Francia o Estados Unidos actuó como agente doble. Cuestiones como la creación de la OTAN fueron tratadas con un topo ruso en los más altos niveles. Cuando se acercaba su descubrimiento como agente doble huyó a Rusia.

Cairncross fue también agente de inteligencia británico y agente doble, pero su pertenencia al quinteto fue una conjetura hasta que en el año 1990 un desertor del KGB lo confirmó como tal. En cualquier caso, su relación con el resto de los miembros del grupo no fue muy estrecha.

El más famoso e importante de los cinco, Kim Philby, bien merece un capítulo aparte debido a su importancia e impacto en el servicio secreto británico. No en vano Philby es conocido como “El espía perfecto” o “El espía del siglo”.

El superespía ruso y los “cinco de Cambridge”

El hombre al que quienes le conocen describen como uno de los más capaces agentes en la historia del KGB es ahora un amable pensionista de sonrisa contagiosa. Yuri Ivanóvich Modin parece más un abuelete que un curtido agente que a lo largo de 44 años trabajó en el servicio secreto soviético y, al decir de los expertos, controló el círculo de espías, más influyente del siglo. En Londres se acaba de publicar “My five Cambridge friends” (Mis cinco amigos de Cambridge), el libro en que el coronel Modin hace memoria de los secretos que recogió, tradujo, valoró y pasé a Moscú. Modin, entrevistado en su piso de Moscú, junto al zoo, dice que no estará en la capital británica para el lanzamiento de su libro, a pesar de su nostalgia desde 1958 y sus deseos de visitar a viejos amigos. El Reino Unido tiene un par de asuntos por arreglar con Modin, que en la cima de su carrera como espía, al final de los años cuarenta, enviaba al Kremlin casi a diario los secretos mejor guardados del Gobierno de Londres.

Pero el espía ruso, retirado en 1988 después de ser profesor de agentes en la academia Andrópov del KGB, puede permitirse ser generoso: "Tengo una opinión muy buena del espionaje británico", dice. Y describe su obra "no como. un libro de memorias o una novela de detectives, sino como un intento de trazar un retrato psicológico de estos hombres". De aquellos cinco graduados por la Universidad de Cambridge, todos menos uno están muertos. Sus carreras como espías acabaron de hecho en 1951, con la espectacular huida a Moscú de Donald Maclean y Guy Burgess.

Kim Philby murió en Moscú en 1988, 25 años después que Burgess y cinco más tarde que Maclean. El historiador de arte Anthony Blunt -el cuarto hombre, según anunció Margaret Thatcher en 1979- -falleció en el Reino Unido, en desgracia pero libre, en 1983.

Sólo John Cairncross, el menos conocido de los cinco, vive todavía en Francia. El coronel Modin confirma por primera vez que la información proporcionada por el escurridizo Cairncross, incluida la primicia para Moscú del proyecto anglo-norteamericano de bomba atómica, era en cada una de sus piezas tan importante como la de los otros cuatro.

Modin no se reunió nunca con Philby y Maclean, aunque durante años trabajó con sus documentos y procesó su información. En 1947, como un veinteañero camuflado de diplomático, estaba en Londres recorriendo parques para sus contactos clandestinos con Cairncross, Burgess y Blunt.

El libro de Modin rehabilita a Burgess, descrito por muchos como poco más que un aficionado indiscreto y borracho, al que considera figura central del grupo y su peso pesado intelectual. "Sobre Burgess se han escrito y cometido más errores que con cualquiera de los ottos", dice. "Tenía una mente excepcionalmente profunda, mucho, más que el resto... no era simplemente un gamberro homosexual".

Modin se describe a sí mismo como un hombre completamente ”vulgar, desde luego no por encima de la media". Pero su libro revela los dones que le hicieron un modelo en el manejo de un círculo de espías. El principal, que donde otros agentes del KGB utilizaban los modos estalinistas, Modin usó su propia juventud e inexperiencia para construir una relación de amistad en la que él desempeñaba el papel de alumno y sus agentes el de maestros.

John Cairncross, traicionado por Thatcher

Nacido en Glasgow en 1913, la familia de John no le pudo facilitar dinero, pero de ellos heredó las ganas de trabajar y la inteligencia. Lo demás lo fue conquistando él personalmente gracias a las becas.

Consiguió entrar en Cambridge, donde se afilió como sus compañeros de red al Partido Comunista y, como ellos, se dio de baja cuando su amigo Guy Burgess le reclutó para trabajar para el Komintern.

Espionaje sobre España

En 1936 entró en el Foreign Office, donde trabajó en las secciones de Estados Unidos y en diversas de Europa, incluida España durante la Guerra Civil. En ninguno de esos destinos, su actuación levantó la más mínima de las sospechas.

Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo espiando en varias secciones, una de ellas la Escuela Gubernamental de Código y Cifra, lo que le permitió conocer el contenido de los numerosos mensajes que se interceptaban a Enigma, la supuestamente inviolable máquina de mensajes cifrados de Alemania, de la que Hitler estaba tan orgulloso. Los rusos pudieron recibir gracias a él información adelantada sobre los planes alemanes.

John pasó después al SIS, el servicio secreto exterior. Siguió siendo un doble agente de la máxima eficacia, pasando a su controlador ruso información tan valiosa como la del proyecto atómico de Estados Unidos e Inglaterra.

En 1951, su amigo Burgess huyó a Rusia, y los agentes del MI5, el servicio secreto interior, que entraron en su domicilio encontraron entre el material intervenido documentos oficiales con la letra de Cairncross. Durante muchos meses controlaron cada uno de sus movimientos, pero no consiguieron la mínima prueba de que fuera un traidor.

Sometido a interrogatorios

Al año siguiente, lo intentaron por la vía directa: le sometieron a interrogatorio. John lo negó casi todo: sólo reconoció que le había pasado a Burgess algunos documentos, pero desconociendo absolutamente que fuera un espía ruso. No formularon ninguna acusación contra él, pero dadas las nuevas circunstancias de desconfianza, decidió irse a vivir a París.

Un año después, Anthony Blunt fue descubierto, con lo que los espías desenmascarados de la red de Cambridge ya sumaban cuatro. El problema en este caso fue que Blunt llegó a un pacto para delatar al espía que faltaba, y a otros vinculados con la red, a cambio de la inmunidad. John ya no pudo negarlo por más tiempo.

Cairncross fue interrogado en París y delató a su vez a muchos colaboradores y agentes relacionados directa o indirectamente con el quinteto: algunos fueron cesados en sus cargos, otros apartados de sus funciones y muchos siguieron como si nada, al no haber suficientes pruebas para probar sus actividades delictivas.

Pacto de silencio

Su nombre, el del misterioso “Quinto hombre”, quedó escondido en un cajón cerrado con llave, gracias al pacto de silencio que acordó, como Blunt, con el MI5. Era el año 1964 cuando decidió quedarse a vivir el resto de sus días en París, olvidando para siempre su pasado y sin que nadie pudiera recordárselo.

En 1979, la Primera Ministra Margaret Thatcher comparecía como tantas otras veces en el Parlamento. La “Dama de hierro” se pasó por el arco del triunfo el pacto acordado 15 años antes y desveló los dos nombres que faltaban por conocer de los traidores de Cambridge: Blunt y Cairncross.

John se quedó perplejo. Su vida no cambió en París, donde se había casado con una mujer mucho más joven que él, pero ahora sus amigos y conocidos ingleses y franceses sabían que había traicionado a su país para servir a Rusia. Eso sí, a diferencia de sus amigos de la red, él sí había luchado por unos ideales proletarios que había mamado desde la cuna.

Anthony Blunt, el doble traidor: Sir y agente soviético en Londres

Ser traidor una vez, implica la dolorosa posibilidad de volver a serlo. Tal y como le ocurrió al que históricamente es conocido como “El cuarto hombre” de la “red de Cambridge”, Anthony Blunt.

Nació en 1907, hijo de un vicario anglicano, que le envió a Cambridge, donde fue un destacado alumno en Historia. En 1932 era ya un agente soviético que comenzó a vivir una doble vida de clandestinidad, que marcaría sus siguientes 50 años.

En 1935 hizo un viaje a la URSS donde se enamoró del país y de su régimen político, pero, eso sí, a distancia. En esos años de convulsión política en Europa, captó a varios colaboradores y mantuvo una relación especial con John Cairncross.

En 1939 consiguió entrar en el MI5 y fue a realizar un curso previo al ingreso de cinco semanas en Hampshire, que no llegó a terminar porque se enteraron de sus ideas comunistas y le echaron fulminantemente. Optó por convertirse en capitán de la Policía y se fue a Francia con la fuerza expedicionaria británica.

No obstante, persistió en su deseo de integrarse en el MI5 y, aunque parezca imposible dada la animadversión a los comunistas, lo terminó consiguiendo. De ahí a pasarse horas y horas fotografiando documentos del servicio secreto inglés apenas pasó tiempo. Su trabajo fue muy útil para los rusos, pero justo es reconocer que no tuvo acceso a una información especialmente valiosa, como el resto de sus compañeros del “Quinteto de Cambridge”.

Meticuloso y entusiasta, fue ganándose la consideración de sus jefes del MI5 y cuando se produjeron las deserciones de Burgess y Maclean, a pesar de su reconocida relación salió airoso, libre de toda sospecha. Y eso que participó activamente en la organización de la huida de ambos. Incluso, cuando muchos años después Kim Philby huyó, Blunt no se mostró ni mínimamente nervioso, mostrando un autocontrol sorprendente.

Su tapadera se demostró perfecta durante años, sin que nadie tuviera la más mínima sospecha sobre él. Adquirió un gran prestigio con la edad consiguió ser nombrado Protector de los Cuadros del Palacio de Buckinham y acumuló los títulos de Sir y Caballero Comandante de la Orden Victoriana.

En 1964 todo pareció acabarse, pero la suerte no le dio frontalmente la espalda. El MI5 le terminó pillando con pruebas fuera de toda duda y él decidió amoldarse a la nueva situación reconociendo todo lo que había hecho con los rusos… absolutamente todo. Eso sí, a cambio de una contraprestación: el servicio secreto inglés silenciaría su participación en la red y su nombre no aparecería en ningún documento público. Así él podría seguir con su vida y sus prestigiosos trabajos cerca de la monarquía. Como consecuencia, continuó trabajando para los rusos, pero informando al servicio secreto inglés de todas las redes comunistas que conociera en el Reino Unido. El acuerdo fue muy productivo para el MI5, aunque con el paso del tiempo el caudal informativo del viejo agente fue tendiendo a cero.

En los años 70, el misterio del “Cuarto hombre” fue creciendo en Inglaterra. Periodistas y escritores especulaban sobre su identidad y la gente no paraba de hablar sobre el tema. En noviembre de 1979, Margaret Thatcher no se mordió la lengua y desveló su nombre en el Parlamento. Había roto el pacto secreto y lo hizo con toda consciencia. Blunt se vio obligado a aparecer poco después en la BBC reconociendo su pecado y la Reina le retiró sus títulos nobiliarios.

A partir de ahí todo fue un drama para el anciano que acababa de cumplir 72 años. Incluso se hizo pública su escondida homosexualidad, que pocos sospecharon dado que también había mantenido relaciones con mujeres. Murió cinco años después. De él escribieron: “El problema de Anthony es que quiere cazar con los sabuesos de la sociedad y correr con las liebres comunistas.”

Guy, un espía seductor

¿Se puede ser espía siendo un obseso sexual, juerguista y bebedor sin límite? Cualquier oficial de inteligencia actual diría rotundamente que no, pero la historia demuestra todo lo contrario, por increíble que pueda parecer.

Guy Burgess fue uno de los mayores impulsores del “Quinteto de Cambridge”. Puso su empeño no sólo en espiar para los soviéticos, sino en reclutar a otros miembros para la red. Su capacidad de no levantar sospechas estaba inicialmente fundamentada en pertenecer a una familia de garantías, en la que su progenitor era militar. Entró en Cambridge para estudiar Historia y rápidamente se convirtió en comunista, aunque sin renunciar en ningún momento a la vida bohemia y despreocupada que tanto le apasionaba. Beber y flirtear con otros hombres formaba parte de su cotidianidad, lo que le formó una coraza que hacía que nadie pensara que alguien así pudiera ser un ferviente comunista.

Cuando entró a trabajar en el Foreign Office, ya era un peculiar militante del Partido Comunista, que seducía en las elegantes fiestas a las que acudía no por sus ideales revolucionarios, sino por su encanto burgués, su talento y simpatía. En el trabajo en el ministerio de Exteriores, empezó rápido a sustraer los informes confidenciales que podían interesar a los rusos, se los llevaba por la noche a su controlador para que los fotografiara y los devolvía al día siguiente sin que nadie se enterara.

Su trabajo como espía durante la Segunda Guerra Mundial y en la época de la Guerra Fría fue muy bueno, pero su tipo de vida le hacía caminar por un peligroso y delgado hilo. En 1951, coincidieron en Estados Unidos, Donald Maclean, Kim Philby y él. Incluso Guy estuvo viviendo en casa de Kim, que era uno de los pocos amigos que sabía conducirle en su disipada vida. Pero Philby, que trabajaba en el servicio secreto inglés que le había destinado de enlace con la CIA, descubrió que los norteamericanos sospechaban de que Maclean y quizás Burgess podían ser unos traidores, por lo que les alertó para que huyeran rápidamente.

Una estancia deprimente en Rusia

Analizadas las posibilidades con el controlador soviético, decidieron que Maclean debía escapar inmediatamente. No está muy claro si resolvieron que Burgess también desapareciera o que simplemente le acompañara en el inicio de la huida y luego regresara. En cualquier caso, Burgess se asustó más de la cuenta pensando en la cárcel que le podía estar esperando en Inglaterra y optó por largarse a Rusia.

Allí los dos fueron excepcionalmente recibidos, especialmente porque los de la KGB disfrutaron como enanos contemplando públicamente el espectáculo de caos y crisis que se adueñó de sus colegas del servicio secreto inglés cuando el mundo se enteró de la infiltración durante años de dos topos.

Maclean se adaptó muy bien a su nueva vida, pero Burgess lo pasó fatal. Nunca se molestó en aprender una sola palabra de ruso, bebió aún más descontroladamente, se empeñaba en vestir su vieja ropa inglesa y a pesar de lo mal visto que estaba en aquella época en la Unión Soviética, siguió ejerciendo activa y públicamente su homosexualidad.

Fue tan detestado en silencio por las autoridades soviéticas, que en los días anteriores a su muerte no permitieron a su antiguo amigo Philby –que ya había desertado, confirmando que era “El tercer hombre”- que fuera a visitarle al hospital donde agonizaba. En su testamento, le dejó a su colega Kim su biblioteca, sus abrigos de invierno y el poco dinero que le quedaba. Burgess fue bueno como espía, pero un desastre como persona.

MacLean, el traidor más guapo

Cada uno de los cinco traidores tenía una personalidad especial, sorprendente para la época. Entre esas características estaba la homosexualidad de varios de ellos.

El auge del nazismo en la década de los años 30 llevó a muchos jóvenes a militar en el comunismo. Estos movimientos se asentaron en los ambientes universitarios, donde tuvo su origen “El quinteto de Cambridge”.

Uno de sus miembros, Donald Maclean, tenía unas características poco comunes entre los espías clásicos de la época. Hijo de un preboste del Partido Liberal, de joven destacaba por su belleza y por ser demasiado blando. De hecho, hizo papeles de chica en varias representaciones escolares y sus compañeros le conocían como “lady Maclean”.

Estudió en Cambridge Lenguas Modernas y militó furibundamente en el comunismo. Incluso escribió artículos en la revista de la universidad mostrando sin tapujos sus ideas políticas. Pero, como el resto de sus compañeros de la red, cuando abandonó la universidad renegó públicamente del comunismo para poder acceder al Foreign Office. Como era un cerebrito y hablaba alemán y francés, aprobó los exámenes con sólo 22 años.

Tras pasar un tiempo dedicado a la burocracia en Londres, en 1938 fue destinado a París, donde realizó un buen trabajo, aunque se sintió atraído por la bohemia de la ciudad. Así sería su vida en el futuro: por un lado serio y trabajador y por el otro un alocado soñador.

Casado y homosexual

En París conoció a la americana Melinda Marling, que se convirtió en su esposa, y convivió una temporada con su amigo Kim Philby, destacado en la zona como periodista, que notó que su timidez de joven había cambiado hasta convertirse en un emprendedor diplomático.

En 1940, Maclean volvió a Londres, donde en compañía de Kim Philby y Guy Burgess conoció a Otto Katz, el agente del servicio secreto ruso que impulsaría y controlaría sus actividades como espía.

En abril de 1943 fue destinado a Washington, a un puesto que le permitió tener acceso a informes secretos de mucha utilidad para los comunistas. Incluso participó en el Comité de Política Combinada sobre Energía Atómica, cuyos estudios envió secretamente a sus contactos rusos.

Esta actividad le afectó a los nervios, como a cualquier topo, aunque con la diferencia de que Maclean no tenía una personalidad preparada para hacer frente a las situaciones de tensión extrema. Combatió sus problemas dándose a la bebida, lo que le indujo a mostrar en público sus convicciones antiamericanas. Por suerte para él, fue destinado a El Cairo, destino al que se trasladó acompañado de su mujer y sus dos hijos.

Allí siguió espiando para los rusos y paralelamente aumentó su dependencia del alcohol, que le descontroló hasta llevarle a emborracharse continuamente en público y a tener sus primeros ligues homosexuales.

El conocimiento de su vida disipada provocó que le obligaran a regresar a Londres, donde se salvó de ser expulsado del Foreign Office a cambio de ir al psiquiatra, que le convenció de que se tomara seis meses de vacaciones. En ese tiempo, acudió a un psiquiatra privado que le aconsejó que no ocultase sus tendencias gays.

Pasados los meses de descanso forzoso, retornó al trabajo. Fue destinado a la jefatura del departamento americano, donde recuperó su faceta de agente secreto ruso.

Pero el 25 de mayo de 1951, su amigo Burgess, que trabajaba en el servicio secreto, le anunció que los americanos sospechaban de sus actividades y que habían recomendado a sus colegas ingleses que le interrogaran. Maclean no se lo pensó dos veces y decidió huir con su compañero a Moscú.

En Rusia trabajó para los el servicio secreto y dos años después de su llegada fue a acompañarle su mujer Melinda. Su vida de alcohol y ambigüedad sexual no acabó bien. Pasados los años, Philby tuvo que huir también y no tardó mucho en seducir a Melinda. Maclean murió solo.

Kim Philby, el mejor agente doble fue conocido como 'El Tercer hombre'

¿Cómo saber si un agente secreto propio que se reúne con un espía soviético pretende sacarle información o entregársela? ¿Es posible engañar a numerosos interrogadores duchos en su trabajo, cuando el agente investigado por traición es capaz de separar en su cerebro su vida normal de la que realiza al servicio de una potencia enemiga? ¿Es factible que ni tu propia familia sepa que eres un traidor durante 30 años?

Estos son sólo algunos de los interrogantes que el siglo pasado se plantearon en Inglaterra destacados dirigentes del MI5 –el servicio secreto interior- y del MI6 –el servicio secreto exterior, conocido inicialmente como SIS-.

Un grupo de jóvenes estudiantes que habían cursado estudios en la elitista universidad de Cambridge volvieron locos al contraespionaje inglés, que nunca pensó que sus enemigos comunistas de la Unión Soviética fueran capaces de penetrar en la clase alta inglesa para captar a unos jóvenes con una prometedora carrera. Al menos cinco de ellos fueron descubiertos, aunque algunos otros permanecieron en el anonimato a cambio de su confesión y otros no llegaron jamás a ser descubiertos.

Harold Adrian Rusell Philby –Kim Philby- fue sin duda el mejor de ellos. Nacido en 1911 en La India, tenía un padre influyente que vivía en aquel país que le abrió las puertas de la élite inglesa. Cuando siguiendo la costumbre familiar ingreso en Cambridge, no tardó en abrazar la ideología comunista junto a sus más íntimos amigos. Mientras estudiaba militó en el partido, pero sagazmente recomendado por su controlador soviético, abandonó cualquier idea progresista para abrazar públicamente el fascismo. Paradoja extraña que al ser llevada de una forma discreta fue aceptada por su entorno sin demasiados miramientos.

Recomendado al duque de Alba

De hecho, al abrigo de esas falsas simpatías, consiguió que su padre le recomendara ante el embajador español en Inglaterra, entonces el duque de Alba, para conseguir una carta de recomendación que le permitió cubrir para el Times la Guerra Civil española. Nadie se enteró durante los años que duró la contienda, que ese apuesto, tartamudo y bohemio inglés pasaba información a los rusos, que le habían encargado, entre otras misiones, el asesinato del general Franco, misión que pudo realizar, pero sólo si era a consta de su vida, algo que no se llevaba en aquella época.

Herido en la batalla del Ebro por una bomba de origen ruso lanzada por los republicanos, fue condecorado por el propio Franco, que posteriormente le concedió una entrevista, de tanto éxito que la reprodujo el diario ABC.

Tímido, prudente y suspicaz, acabada la guerra estuvo una temporada en Francia, también como periodista, para recalar definitivamente en Londres, donde consiguió con la ayuda de sus amigos de Cambridge, también captados por el espionaje ruso, que entrara en el SIS, precisamente en la división de la península Ibérica.

Tanto había disimulado sus convicciones políticas comunistas, que los altos mandos del espionaje inglés decidieron nombrarle tras la Segunda Guerra Mundial jefe de la división contra los rusos, que él mismo levantó. Esta etapa se movió entre éxitos que le facilitaron los propios rusos para apoyar su cobertura y fracasos inherentes a una misión tan complicada. Después fue enviado a Turquía para seguir espiando a los rusos, con cuyos agentes se reunía con el parapeto que suponía estar intentando captarles para la causa de occidente.

Espiando a la CIA

A finales de los años 40, tuvo la suerte de ser destinados a Estados Unidos, donde trabajó en el corazón de la naciente CIA. En el mismo país acabaron destinados sus amigos y también topos de la URSS Donald Maclean y Guy Burgess, a los que alertó durante el escándalo de los espías atómicos para que huyeran a Moscú antes de que les detuvieran. Sabía lo que arriesgaba, pero tenía muy presente que si eran detenidos, en los interrogatorios saldría a relucir su nombre y podría acabar su carrera de agente doble en la cárcel.

Huidos sus colegas, los americanos quisieron interrogarle, pero el SIS creyó en su inocencia y se lo llevaron a Inglaterra. No obstante, sufrió tantos interrogatorios que cualquier otro habría soltado algún comentario imprudente que le habría implicado en el caso, pero Philby estaba muy seguro de sí mismo. Cada vez bebía más, pero eso en aquellos tiempos era algo bastante connatural a los espías y nadie lo interpretó como un signo de debilidad.

Incluso algunos tabloides se atrevieron a señalarle más tarde como “El tercer hombre”, pero uno de los ministros del gobierno le defendió públicamente diciendo que no había pruebas contra él.

Philby quedó marcado por aquel episodio, pero siguió colaborando con el SIS, aunque con un nivel de confianza menor. Muchos creían que era culpable, pero nadie había sido capaz de probarlo.

En los años 60 recuperó su antigua profesión de periodista y se fue a vivir a Beirut. Allí siguió aumentando su cantidad de ingesta de alcohol, lo cual parece ser que comenzó a afectarle. En 1963, un colega del servicio secreto fue a visitarle. Dos desertores soviéticos habían dejado en evidencia su doble juego y Kim confesó por primera vez, treinta años después de haber sido captado, que trabajaba para los rusos.

Lo lógico hubiera sido que le hubieran detenido en ese momento o que le hubieran sometido a una dura vigilancia, pero nada de eso ocurrió. Unos días después, cuando iba con su mujer a una fiesta ofrecida por un miembro de la embajada inglesa, puso un pretexto, se bajó del taxi y desapareció. Tardó meses en aparecer en Moscú, pero los espías ingleses no dudaron desde el primer momento de que se había fugado.

Condecorado por Rusia, Inglaterra y España

Fue condecorado en Rusia con la Orden de la Bandera Roja, como lo había sido en Inglaterra con la Orden del Imperio Británico, a las que sumaba la española Orden del Mérito Militar con distintivo rojo.

Hasta que falleció en 1988, se había casado cuatro veces, dos de ellas con mujeres que en el momento de conocerle estaban casadas.

La constatación de su traición fue un duro golpe para Inglaterra, aunque habría sido todavía peor detenerle y que quedara en evidencia el pésimo control al que habían sometido a sus agentes. Porque Philby había ejercido de comunista en su juventud y nunca nadie lo tuvo en cuenta. Quizás porque nadie sospechó en su reclutamiento que un personaje de la élite inglesa pudiera ser un fervoroso comunista. Fue uno de los mejores agentes dobles de la historia, cuyo engaño hizo un daño terrible al servicio secreto inglés, del que tardaría años en recuperarse.

lan Josue Ortega Bae

Entre finales de los años 30 y principios de los 60, un grupo de cinco hombres procedentes del prestigioso Trinity College de la Universidad de Cambridge y controlados por Yuri Ivanóvich Modin, formaron el círculo de espías más influyente del siglo y que es conocido como “los cinco de Cambridge”