Real como la ficción misma. Carlos Pérez Merinero por Ion Arretxe

Fecha: 
15/04/2013

Llegará un día en que, por fin, el ser humano sea capaz de acabar con la realidad en el mundo.
Con esta ilusión se levantaba todas las mañanas el escritor Carlos Pérez Merinero.
Se asomaba a la ventana... al despertar de su calle con el trajín de todos los días, el ir y venir de las gentes a sus líos y sus trabajos, la carga y descarga de los coches con sus trabajos y sus líos...
¡Laboratori! Se decía para sus adentros... Y saludaba a los más madrugadores con un imaginario corte de mangas.
¡Laboratori! Repetía ahora mucho más fuerte, no tan fuerte que pudieran escucharlo, pero casi.
Que te van a oír... le advertía su madre mientras le entregaba el periódico recién salido del horno.
Que me oigan, que me oigan...
Sólo los más cinéfilos sospecharán que “laboratori”, trabajadores, es lo mismo que Alberto Sordi les gritaba, desde la caja de una camioneta, a los esforzados currantes que arreglaban la carretera mientras él viajaba de juerga en juerga junto con los otros inútiles, I Vitelloni, en la magnífica película de Fellini.
Sólo los más cinéfilos de entre los sufridos laboratori que cada mañana van a trabajar, podrán partirme la cara.
Y ahora, el periódico: realidad en vena. Sobredosis de realidad desde primera hora de la mañana.
Miraba de reojo la portada del diario. Y el hecho de que no estuviera vacía, de que compareciera otro día más con sus mejores galas de titulares y fotografías, certificaba que el mundo no se había terminado tampoco esta vez, y que la realidad seguía dando guerra.
“Si no me queda más remedio, seguiré con lo mío...”
Y lo suyo era acabar con la realidad.
Cogía papel y boli -siempre folios partidos por la mitad, siempre BIC azul, manías que tiene uno...- y continuaba escribiendo donde lo había dejado la tarde anterior.
Si la realidad quiere guerra... ¡la tendrá!
Sabía nuestro escritor que las palabras se las lleva el viento. Al menos, las palabras dichas. Porque todas las palabras se dicen un poco a la ligera y quedan a merced del aire. Otra cosa es escribirlas.
Las palabras escritas son palabras cazadas al vuelo, mariposas de realidad atrapadas a vuelapluma y claveteadas en el papel para siempre, o al menos para luego.
Por eso escribía Carlos Pérez Merinero. Para cazar realidades. Para dejar a la realidad en peligro de extinción, a puntito de caramelo.
Sabía nuestro amigo que todo cuanto se escribe es ficción. Que las palabras escritas son hilillos de realidad que se bordan sobre el papel y quedan atrapados, tejidos en la trama para los restos.
Escribía sentado a la luz de la ventana, de sol a sol, como bordaban las mocitas en los viejos romances.
El también tiraba del hilo, del hilo de la historia, del hilo de la trama, hasta que ya no daba más de sí.
Convocaba a sus personajes con la autoridad que le otorgaba el haberlos inventado. Los soltaba en situaciones bastante comprometidas, y les dejaba hacer.
Carlos confiaba plenamente en sus criaturas. Por eso los dejaba a su aire. Su trabajo de escritor consistía en no perderlos de vista. En estar muy atento de que no se le fueran demasiado lejos, tanto que no supieran después volver a casa...
La tarea del escritor es echar miguitas de pan para que los personajes no se pierdan en sus ires y venires.
La tarea del escritor es tirar del hilo para que sus criaturas no se pierdan en los laberintos de la narración.
Una vez, Carlos Pérez Merinero salió de su casa a echar la basura, y se perdió.
Como todos los días, se puso la corbata para sacar la basura. En la calle, en el sitio de siempre, no estaban los cubos... Así que cruzó a la acera de enfrente.
Vaya, resulta que aquí los cubos están llenos...
Dobló la esquina, buscó en otra calle, a ver si en esta... o en esta otra... se perdió, y tuvo que parar un taxi para volver a casa.
Estas son cosas que sólo pasan en la realidad, nos contaba después Carlos Pérez Merinero. En la ficción a él no se le perdía ningún personaje. Pues bueno era él...
Una mañana, después de una noche sin grandes presagios, el escritor Carlos Pérez Merinero descubrió que la ventana de su casa se había convertido en una pantalla de cine.

Según me explicó él mismo, soñó que alguien con una voz parecida a la de Fernando Fernán Gómez en El Malvado Carabel le entregaba una nota con, este mensaje escrito: “Todo lo que se mira se convierte en ficción al ser mirado, zangolotino”. Vivió algunos días con el desasosiego que suelen dejarnos los sueños.
Pero desde el momento en que le fue revelado que todo cuanto veía, por el hecho de ser mirado quedaba convertido en una película, empezó su asalto definitivo a la realidad.

Desde la ventana del salón de su casa, abierta a un pequeño tramo de la calle José del Hierro de Madrid, Carlos Pérez Merinero dedicaba varias horas del día -de todos los días, eso sí, manías que tiene uno- a ver la película que se le ofrecía.
Llegó a conocer la vida y milagros de cuantos personajes desfilaban frente a su ventana después de unir, como en una sala de montaje, los fragmentos de realidad que interpretaban para él.
Con las elipsis propias de la vida, claro está, que por otra parte son las elipsis propias del cine. Había algunos vecinos que tardaban tiempo en volver a aparecer, lo mismo que suele pasar con los personajes en las películas.
Él se hacía su película. ¿Y quién no? Pero él había hecho del cine, y también de esta manera de hacer cine, su vida.
Solía decir Carlos que cada uno somos el protagonista de nuestra película y todos los demás son los actores secundarios.
Y que la conciencia nos daba la oportunidad de ser actores y espectadores al mismo tiempo.
Carlos Pérez Merinero era cine todo él. Carlos Pérez Merinero empezó a hacerse cine en los cines de verano de Jerez de la Frontera, de la mano de su hermano David, cuando iban en pantalón corto a la sesión doble, a sentarse en las sillas de tijera delante de la pantalla gigante a ver qué les echaban. A sabiendas de que cualquier cosa que ocurriese frente a ellos en esa gran pantalla les iba a fascinar.
Igual que ahora frente a su ventana, en sesiones dobles, triples... A ver qué nos echa la vida hoy...
Siempre con el ánimo dispuesto a dejarse fascinar por cualquier cosa que suceda en la pantalla o en la ventana, que es lo mismo. Porque la vida se había hecho cine a los ojos de Carlos Pérez Merinero.
Carlos Pérez Merinero conocía las peripecias de todos los vecinos que desfilaban frente a él. De muchos, como no conocía el nombre, se lo inventaba.
Mira “la extremeña”. Esta se quedó viuda muy joven, con tres hijos por criar.
Vino a ayudarle su hermana, del pueblo. Y la hermana se casó con “el cheposo”, que vivía en esta calle de atrás. Y ahora es ella la que ha enviudado.
Y ese es “el meapoquitos”. Ha debido estar enfermo porque hacía mucho que no se le veía por aquí, y ahora está muy desmejorado. Con lo que ha sido este hombre...
Un auténtico playboi. Este estuvo liado con una mujer despampanante que era el doble de alta que él...
¡Qué gran tipo “el meapoquitos”! ¡Y qué tundas le arreaba la mujer!
El “madriles”, el “chiquitirrinín”, el “gorrilla”...

Los personajes de las novelas y de las películas que escribió Carlos Pérez Merinero solían ser personas normales y corrientes -como los “laboratori” y no tan “laboratori” que pasaban frente a su ventana- que en un momento dado se fijaban en alguien, lo sacaban de la corriente general, y no paraban hasta llevarlo al borde del precipicio, donde irremediablemente caían con él.
Algo parecido al voyeurismo que él mismo practicaba pero llevado hasta sus últimas consecuencias, llevado a las consecuencias de la ficción.
Porque si Carlos tenía sus manías (no viajaba más allá de la calle Diego de León), sus personajes eran maniáticos de verdad.
Si Carlos era obsesivo (durmió todas las noches de su vida en la misma cama), sus personajes lo eran muchísimo más.
Carlos Pérez Merinero, que se mareaba al ver la sangre de un mal afeitado...
Carlos Pérez Merinero, incapaz de matar a una mosca que se lo pidiera a gritos, sacaba a sus personajes a trabajar por ahí, pobres laboratori, a obsesionarse, a enloquecer, a convertir en mierda cuanto tocaran con sus manos, a llenar la casa de fiambres.
Cuando a una historia le veía posibilidades, decía: “lo veo guión”, y ya no se le escapaba. Las cazaba al vuelo... Era un delantero con hambre de guión.

Fue el guionista de La Huella del Crimen, de Cara de Acelga, de Amantes, de Cuestión de Suerte, de La Buena Estrella, de Mirada Líquida... y de tantos y tantos guiones que duermen del cajón en el ángulo oscuro, esperando la mano de nieve que sepa tocarlos.
Precisamente, el pasado 29 de enero de 2013, coincidiendo con el primer aniversario de su muerte, se publicó el primer volumen de la Colección Carlos Pérez Merinero: El grito enterrado de los muertos, un guión cinematográfico rescatado de la muerte y del olvido.
Tuve la inmensa suerte de escribir, al alimón, varios guiones con él.
Vivir la ficción con Carlos Pérez Merinero era una auténtica gozada.
El proceso de escritura del primero de ellos, Cuando todo esté en orden, que fue llevado a las pantallas por César Martínez Herrada, lo recuerdo como una de las vivencias más gratas de mi vida. Y la escritura de los otros dos, también. Camino para caminantes y La vida que vivimos son sus títulos. Siempre a vueltas con la vida.

Otra vez la vida hecha ficción. Vuelta y vuelta.
La vida que vivimos... la vida que inventamos... la vida que escribimos... la vida que interpretamos... todo es lo mismo.
Como director, Carlos Pérez Merinero nos ha dejado una película y un puñado de obras en vídeo.
Rincones del paraíso es un largometraje riguroso y atrevido. Una película radical sin concesiones a la biempensancia dominante, esa que intenta domesticar nuestros gustos desde los suplementos dominicales.
De sus trabajos en vídeo quiero destacar la trilogía Franco ha muerto, una auténtica y extraña joya. Una exquisitez indispensable para entender en su complejidad la tan traída y llevada memoria histórica.
Escribiese películas, ensayos, obras de teatro, novelas o cuentos -que de todo escribió- Carlos se recreaba en la suerte de la escritura.
El buen escritor se recrea cuando, además de serlo, lo parece.
Ahí has estado torero, le decíamos cuando se había despachado la realidad con unos capotazos de los que solo él sabía dar con esa maestría y ese arte de escritor andaluz que derrochaba.
Carlos Pérez Merinero se burlaba de la realidad brava, bravísima a veces, y en cada lance la engañaba y desengañaba a golpe de muñeca.
Le dejaba bien clarito quién era el que mandaba ahí. Y la realidad, humillada, agachaba la cabeza. Ahí Carlos no perdonaba. Entraba a matar, le daba la estocada final y la dejaba para el arrastre.
Llegará el día en que, por fin, acabemos con la realidad en el mundo.
En este empeño Carlos Pérez Merinero fue un adelantado. Y como suele ocurrir con los precursores, también el pagó su atrevimiento con el silencio y el olvido que se cierne sobre aquellos que descubren las verdades antes de tiempo.
Tal vez nos ofreció sus verdades cuando aún estaban verdes.
Tal vez nuestros paladares, educados en los suplementos gastro-culturales del couché dominical, no estaban acostumbrados a frutos de cáscara tan amarga.
Es la maldición de quienes no comen ni cultivan las frutas del tiempo, las frutas de la moda, las frutas bien peladitas que en cada tiempo nos obligan a comer.
Cada libro, cada película de Carlos Pérez Merinero es una mina sembrada en el desierto de lo real.
Cada película, cada libro de Carlos Pérez Merinero están listos para explotarle a la realidad en los morros.
Y mientras, la realidad erre que erre...
Prepárate, realidad. La cuenta atrás ya ha comenzado...
¡Muera la realidad! ¡Viva Carlos Pérez Merinero!

Ion Arretxe (Rentería, 1964) Comenzó como ilustrador, dibujante y guionista en la revista El Víbora, en el diario Egin y en numerosos organismos populares de Euskal Herria. A partir de 1990 trabaja como director artístico en numerosas películas {La vida de nadie, La soledad, Entrelobos...). Escribió guiones con Carlos Pérez Merinero.

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