Millhone, Kinsey

Profesión: 
Detective privada

Kinsey nació en 1950, en Santa Teresa, población imaginaria de California y tras la muerte de sus padres en un accidente de coche cuando Kinsey tenía 5 años, se trasladó a vivir con su estricta tía Gin, la hermana de su madre, que le inculcó su sentido de la independencia y autosuficiencia.
Tuvo varios empleos de bajo nivel y a los 20 años decidió ingresar en la policía de Santa Teresa donde trabajó dos años. Aburrida de los procesos burocráticos dejó la policía y empezó a trabajar como ayudante en una agencia de detectives.
Ahora, trabaja como detective privado, ocupándose de casos rutinarios de reclamaciones de seguros, citaciones judiciales, también desde el terreno personal o profesional se enfrenta a casos más complicados.
Ha estado casada dos veces y la hemos conocido varios novios, la mayoría de ellos policías.

En su primera novela “A de adulterio” la propia Kinsey se define como: “Investigadora privada con licencia expedida por las autoridades del estado de California. Tengo treinta y dos años, me he divorciado dos veces y no tengo hijos. Soy simpática y cordial y tengo muchos amigos. Mi piso es pequeño pero me gusta vivir en espacios reducidos. Casi siempre he vivido en roulottes, en un pequeño piso de soltera, eso que se suele llamar “estudio amueblado”. No tengo animales domésticos. No tengo plantas. Paso mucho tiempo al volante y no me gusta dejar huellas ni recuerdos tras de mí.”

Su casa se encuentra en un barrio lleno de jubilados, fue antaño el garaje de Henry Pitts y en ella no hay adornos estucado ni tejas rojas, ni plantas trepadoras de ninguna clase. Vive en un espacio de cuatro metros de largo que hace las veces de sala de estar, dormitorio, cocina, cuarto de baño, armario ropero y servicio de lavandería, pero como ella misma dice “Me gusta vivir en espacios pequeños”.

Vive en Santa Teresa, California, y cuando tiene tiempo suele ir a un bar de su barrio que se llama Rosie’s y está cerca de su casa. Rosie tiene sesenta y tantos años, es húngara y para cocinar tiene un creativo sentido de la improvisación.

Su casero, Henry Pitts es un panadero jubilado que se gana la vida ideando dificilísimos crucigramas. También se dedica a preparar gigantescas hornadas de pan y otros productos para un restaurante que, a cambio, le da la comida y la cena. Tiene ochenta y tantos años y unas piernas asombrosas, una cara aristocrática, el pelo blanco y los ojos azules.